MOTIVO

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domingo, 18 de agosto de 2013

FECHA DE VENCIMIENTO


Enrique Pinti es un actor, humorista, libretista, adaptador, escritor y creador inmenso y abundante, que por su enorme talento y versatilidad autoral e interpretativa, es único e irrepetible. Siempre lo admiré artísticamente, me parece brillante como monologuista, muy lúcido relator de la actualidad y extremadamente crudo, detallista y vasto en sus conceptos. La ironía, también, es una de sus virtudes, junto con la perspicacia, sagacidad y sensatez que lo caracteriza, además de su frontal manera de expresarse ante la realidad social y política que nos toca en suerte. Hoy, en su semanal columna dominguera de la revista del diario La Nación, publicó una de sus tantas magníficas reflexiones, que muchas veces coinciden plenamente con lo que pienso y en ciertas ocasiones, me gustarían escribir a mí; por eso, quiero compartirla con ustedes:
Alguien dijo que la felicidad no existe, sino que es un estado que se apodera de nosotros en algunos momentos y luego desaparece. Es una de esas verdades relativas y muy discutibles que durante los momentos duros y adversos solemos repetir. Nadie duda de que la felicidad permanente es muy difícil -yo diría imposible- de conseguir. Sería absurdo pretender que todo sea un lecho de rosas sin sobresaltos ni complicaciones, como también negar cosas naturales que, aunque nos llenen de dolor, nos van a ocurrir, como la muerte de nuestros seres queridos y la propia, instancias para las que nadie está realmente preparado pero que, preparados o no, tendremos que afrontar como todo bicho que camina. Y así es la cosa: sabemos la fecha de nuestro nacimiento; la otra vendrá cuando sea. Y está bien que ocurra de esa manera. ¿Qué sería de nosotros si, por algún portentoso adelanto de la ciencia o de la magia negra, supiéramos la fecha precisa de nuestra defunción y tuviéramos escrita en la partida de nacimiento la caducidad de nuestra vida como si fuéramos un yogurt? Si no sabiendo ese dato nos desesperamos por conseguir nuestros objetivos materiales y espirituales de maneras a veces desorbitadas y precipitadas, imaginemos lo que sería nuestra vida con la muerte con fecha determinada. Pisaríamos más cabezas, moveríamos el piso de nuestros rivales con más energía y gozaríamos de los placeres carnales con un desenfreno mucho mayor.
Cantaríamos constantemente aquella popular canción de los años cuarenta: Por cuatro días locos que vamos a vivir. Lo único relativamente positivo sería una planificación más racional del tiempo que nos quede, pero siempre condicionados para no perder ni un minuto meditando, sopesando causas y efectos de nuestros actos. Por lo tanto, la sabia naturaleza nos permite desarrollar nuestra existencia ignorando el futuro en su concepto más siniestro e inevitable y nos da los instrumentos para construir nuestro propio destino. Dentro de esas búsquedas está la de la felicidad, estado que es muy diferente para cada uno de nosotros. Habrá quien sea feliz por vocaciones que le permitirán proyectarse hacia los demás y ayudar al prójimo cuidando su salud, brindando esparcimiento y alegría, o resolviendo problemas legales; otros serán felices a través de sus hijos, padres y amigos, y, por qué no, algunos encontraran la esquiva felicidad en la meditación solitaria de una vida interior intensa y plena. Lo peor que nos puede pasar es equivocarnos en los objetivos, ponernos metas que sobrepasen nuestras aptitudes, creernos otra cosa de lo que realmente somos y, como resultado, vivir en una constante frustración, envidiar de mala manera a quien consiga lo que nosotros pensábamos que debiera pertenecernos y, lo que es peor, envenenar nuestra perentoria existencia con las sombras siniestras de la maldad destructiva.
La felicidad existe cuando uno sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo y, desde luego, ese camino estará lleno de atajos, desvíos, bloqueos y piedras obstructoras, pero si no somos dañinamente obsesivos y sabemos esperar, la cosecha será mayoritariamente positiva y por lo tanto feliz. Y si no se puede lograr todo lo proyectado, valdrá la pena el esfuerzo, porque ya se sabe que el peor fracaso es no intentar el éxito y que el verdadero éxito es el intento, ese que con nuestra almohada compartimos cada noche como si fuera la primera o la última (¿quién puede saberlo?). Por suerte la fecha de vencimiento está escrita en un lugar que no conocemos.
ENRIQUE PINTI

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