MOTIVO

Espacio dedicado a toda clase de comentario libre y espontáneo, despojado de intereses de cualquier tipo (y mujer)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA VIDA........ LA VIDA........ LA VIDA........ TAN BONITA, TAN CORTITA Y TAN JODIDA




La muerte de la actriz Romina Yan, de 36 años, que golpeó tan fuertemente en los medios nacionales y conmociona al mundo del espectáculo, resulta hasta el momento, algo casi inexplicable para muchos.
Desde que se conoció la noticia, ayer por la tarde, todos los medios nacionales de televisión, radio y gráfica, se han hecho eco del repentino e inesperado fallecimiento de Romina Yankelevich, teniendo en cuenta su figura pública, siendo la hija de dos personas trascendentes de nuestra televisión como Gustavo Yankelevich y Cris Morena, siendo heredera además de una familia emblemática de la televisión argentina, ya que su abuelo Jaime Yankelevich, fue fundador de nuestra televisión. No voy a recorrer la biografía de Romina, tampoco voy a hacer un repaso de su carrera artística, porque muchos lo han estado haciendo y sería redundante reiterar algo que muchos medios vienen brindando desde ayer. Pero sí, quiero recordarla con cariño, resaltando su bonhomía, su sentido de la ubicación, su humildad, su elección por manejarse siempre con medida, sin rimbombancia ni falsas poses, pudiendo haberlo hecho en su momento y en diferentes etapas de su carrera, justamente, por portación de apellido y sin embargo, siempre mantuvo un lugar de respeto para quienes trabajaban con ella, para el público y para sí misma.
Es inevitable no hacer referencia a este hecho tan movilizador, porque el impacto no solo es por la muerte misma de alguien que uno conoce a través de la tele, sino por su juventud y por la manera tan abrupta de su fallecimiento.
No sabemos aún si fue muerte súbita, tampoco sabemos en realidad qué es la muerte súbita porque la medicina no ha logrado hasta ahora encontrar una explicación científica; de hecho, creo que si se hubiese descubierto, también ya existiría la prevención, pero lamentablemente todavía no se sabe concretamente.
Uno necesita, todos necesitamos en un punto, que nos digan la causa del fallecimiento para mitigar el shock que produce ver la muerte de una persona tan joven, sana, sin problemas aparentes, con una vida armónica, feliz, vital... pero más allá de esta necesidad espiritual, podría decir, me parece que el tema central no es el por qué murió y las causas. Ya está, ya falleció, no va a volver a esta vida terrenal, lamentablemente. Y creo que más allá del profundo dolor que puede causar el fallecimiento de una chica tan joven y tan llena de luz como parecía ser Romina, lo importante es que este impacto popular que los medios nos hacen llegar a través de la difusión masiva, nos sirva de algo a los que quedamos aquí, a los que seguimos con vida, a los que tenemos la gran posibilidad de continuar disfrutando de nuestros afectos, de nuestros seres queridos, de nuestros hijos, nuestros padres, amigos, familiares, gente querida... Me parece realmente importante tomar conciencia concreta de que la vida es maravillosa, que tenemos la oportunidad de disfrutar de un montón de cosas buenas, lindas, increíbles y que por más problemas que tengamos, por más situaciones complejas que se nos planteen en el trajín cotidiano, por más situaciones injustas que uno presencia a diario con el tema de la inseguridad, de los robos, de las bajezas de ciertas personas, de la agresividad que se maneja, de la falta de respeto, del salvajismo desmedido de algunos, de la inescrupulosidad de otros, a pesar de todas esas cosas tan feas que nos tocan tan de cerca y mucho más, mucho más... uno tiene que rescatar definitivamente que la vida es sinceramente corta, muy corta. Y que ejemplos tan impactantes como la muerte de esta chica que uno veía llena de bondad, de alegría, de juventud, tienen que servirnos para algo más que para conmocionarnos y no salir del asombro. Tienen que hacernos pensar con sinceridad, abiertamente y a plena conciencia que tenemos y debemos modificar la forma en la que estamos viviendo.
Reitero, más allá de los problemas que todos tenemos, de la plata que no alcanza, de no cubrir los gastos, de trabajar, trabajar y que el dinero que uno gana no rinda, de las infinitas situaciones complicadas que a todos nos alcanzan en mayor o menor medida... dejando un poco de lado todo eso, que obviamente nos angustia, nos preocupa, nos saca muchas veces de foco, tenemos que aprender a valorar nuestra salud, darle prioridad a nuestra forma de vida, a nuestro cuidado, a nuestra manera de encarar las cosas, pero fundamentalmente, darle importancia realmente a nuestra salud. Valorarla, cuidarla, resguardarla... La salud es lo primordial; sin salud no podemos hacer nada. Y en la vorágine que uno vive, en la aceleración que tenemos día tras día, nos olvidamos de priorizar nuestra salud. No le damos bola, la minimizamos, la dejamos de lado, la dejamos en un segundo lugar, si tenemos algún dolorcito, o algún síntoma o molestia, no le damos importancia y hay que modificar esa costumbre. Hay que modificar también, la locura que vivimos en pos de lograr los objetivos, de tener más dinero, de alcanzar las metas... Está muy bien ser pretenciosos, querer superarnos, ir tras lo que uno se propone, pero deberíamos hacerlo desde otro lugar; no es fácil, nada fácil, uno lo dice y después de unos días, cuando pasa el cimbronazo que un hecho como éste nos produce, volvemos al mismo ritmo, al mismo stress, a la misma situación.
No quiero hacer de esta reflexión un mensaje filosófico ni transformarme en un gurú de autoayuda, sino simplemente, compartir en voz alta, con todos ustedes, este pensamiento que nos ayude a tomar conciencia de que verdaderamente la vida es muy linda, es hermosa, está plagada de momentos y cosas maravillosas y que está en cada uno de nosotros mejorarla en beneficio propio y en pos de un mundo mejor.
Que en paz descanse, Romina Yankelevich.

martes, 7 de septiembre de 2010

¡QUÉ DIFÍCIL ES ESTA PROFESIÓN!

¡Qué difícil es esta profesión! Hablo de la mía... de mi profesión, la del cantante, la del músico, la del compositor, la del autor, la del actor, la del conductor, la del productor, la del director, la del artista... Es difícil, bella, injusta, maravillosa, ingrata, mágica, triste, alegre, cruda, ingenua, fructífera, única... podría continuar mencionando palabras que la sigan definiendo, pero la más presente en mi pensamiento, hoy, es “difícil”.
Todas las actividades, las carreras, los oficios tienen sus bemoles, sus lados buenos y malos, pero la artística se potencia aún más, porque al ser un trabajo de exposición, uno siempre está al descubierto, desprotegido, sin más que su idea, su capacidad (mucha o poca, no importa) sus ganas y su ego, que es el que muchas veces nos traiciona, nos embauca, nos confunde, nos engaña y nos duele. No es fácil para nadie ser maltratado en su ego, pero para el artista, me parece que es mucho peor que para cualquier otra ocupación. Trabajamos dentro del arte, porque en definitiva, en mayor o menor medida, los artistas somos ególatras y es lo primero que se hiere, que se resiente, que se daña, cuando las cosas no salen como se quieren o imaginan. Más allá de esta simple y quizás pasajera reflexión que escribo al respecto, siento la necesidad interior de guardar en este espacio propio, una sensación que me surge de manera espontánea y natural sobre lo dificultoso que es ser artista en la actualidad. Siempre fue complicado, siempre fueron más los sinsabores que los gozos, en todas las épocas; siempre costó llegar al lugar anhelado, ubicarse, posicionarse y triunfar. Siempre fue mucho más trabajoso mantenerse, lograr el respeto de los pares y del público, sostenerse en la carrera a través del tiempo transcurrido, equilibrar la trayectoria con el éxito y el fracaso, en fin... siempre fue difícil ser artista, pero nunca como hoy. Porque este presente que nos toca en suerte en el mundo actual, está trastocado en códigos, méritos y valores. Esto ocurre en todos los órdenes de la vida y lógicamente se transfiere al ámbito artístico.
Hablo del mundo y por supuesto, hablo de nuestro país, Argentina. No voy a mezclar este comentario puntual con lo social, lo educativo y lo estructural porque no quiero desviarme de lo esencial del contenido central de la nota, pero es inevitable ensamblar una cosa con la otra, porque forzosamente van de la mano. Obviamente que este “cambalache” viene desde décadas atrás y no hay mejor ejemplo que la brillante letra de Enrique Santos Discépolo que reza: “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón... ves llorar la Biblia junto a un calefón... No pienses más; sentate a un lao, que ha nadie importa si naciste honrao... Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley...”.
Hoy da lo mismo actuar bien, mal o no actuar, da lo mismo cantar, afinar, desafinar o ni siquiera entonar, da lo mismo bailar o no bailar, da lo mismo capacitarse o ser un ignorante, da lo mismo tener moral o no tenerla, da lo mismo... ¿da lo mismo?... No, no da lo mismo. No es igual una persona que estudió a otra que no lo hizo, no es igual alguien que intenta superarse con trabajo y esfuerzo a uno que se tira a chanta todo el día, no es igual ser talentoso que oportunista, no es igual respetar y respetarse a no importar nada de nadie... Nos quieren hacer creer que da lo mismo, que es igual, pero no lo es, sin duda alguna que no lo es.
Tengo muchos amigos que son actores, músicos, cantantes, magos, directores, infinidad de conocidos que bailan, escriben, producen, conducen, locutan y sé fehacientemente del esfuerzo, la lucha, la constancia, en muchos casos las privaciones, que les produce seguir con la profesión artística.
En mi caso personal, debo estar agradecido a la vida por haberme brindado la posibilidad de triunfar en mi profesión sin mucho esfuerzo y también de hacerme saber que nada es eterno, que sin empeño, sin tesón, sin trabajo, sin superación, sin temple y sin suerte, es muy ardua la permanencia en el sitio que uno logró en un momento determinado de la carrera.
El otro tema que va emparentado con todo lo mencionado es la capacidad de cada quien por mantener una línea de conducta y pensamiento, sin traicionarse a si mismo, ni mercantilizarse, cediendo ante el mejor postor.
Una discusión recurrente que mantengo con algunos amigos en las reuniones que nos suelen encontrar juntos asiduamente, es la de decidir qué hacer en un supuesto panorama complejo a nivel económico si surgiera alguna posibilidad de trabajar en un proyecto que vaya en contra de los ideales propios. La polémica siempre florece cuando en mi postura idealista quizás, (necia dirán otros, lo admito, puede ser...) resalto enérgicamente que no cedería a mis convicciones morales y profesionales ante una propuesta económica que vaya en contra de lo que pienso y creo, por mejor que sea la oferta. Conozco gente cercana a mí que ha cedido ante el poder del dinero, lo acepto porque cada uno es dueño de hacer lo que quiere con su vida y destino, pero no lo comparto para nada. Gente, inclusive, que respetaba y admiraba profesionalmente, pero que a partir de esa debilidad, dejé de considerar, no por la actitud de aceptar un trabajo (el trabajo honesto siempre es digno) sino por sentirme defraudado al escuchar un discurso determinado y una postura supuestamente concreta y segura, que llegado el momento de la tentación, se desmoronó como un castillo de arena.
Mi integridad y nobleza moral (algunos la pueden denominar estupidez) no la quiebran ni la fama, ni el poder, ni el dinero y no lo digo por soberbio ni nada que se le parezca, porque como he vivido épocas de abundancia, también he tenido de las otras; simplemente me refiero a que la dignidad, mi dignidad, ante mis hijos y ante mí, no tiene un precio material. Por eso remarco la frase con la que empecé esta narración: ¡Qué difícil es esta profesión! Cada vez se hace más complicado mantenerse, sin entrar en el juego mediático, lograr una continuidad de trabajo sin entremezclarse con la chabacanería, la promiscuidad y el “medio pelo”, intentar mantener una línea artística sin rozarse con lo burdo y lo patético. ¿Será cuestión de resistir, de buscar alternativas de autogestión (cada vez más escuetas) o de esperar hasta que aclare? Me pregunto y les pregunto: ¿Aclarará? ¿Cambiará esto? ¿Se modificará en algún momento o no hay retorno de este camino donde predomina el mal gusto, la mediocridad y el “dale, que va”?
Confío en el sentido común de las personas bien intencionadas, que rescatan la seriedad, el trabajo, la coherencia, el estudio, la capacitación, el talento y la educación antes que la plata, la fama, el poder, el raiting y el éxito. Espero no equivocarme, por el bien de nuestros hijos y de las generaciones que vengan y también por nosotros mismos..

DISCOGRAFÍA